Antes de iniciar este relato me gustaría hacer la aclaración de que no se trata de una descripción rigurosa, sino de mi personal apreciación sobre el proceso de creación del programa de educación continua de la Facultad de Psicología. Es, por tanto, un relato que, aunque está confeccionado con algunas fechas y datos muy concretos, también incluye información que estuve recabando en conversaciones con algunos colaboradores y de recuerdos que fui rescatando de mi propia memoria, por lo cual está salpicado de anécdotas y, con toda seguridad, de algunas imprecisiones. Pero que quede claro: son recuerdos, experiencias y testimonios que estoy tratando de hilvanar a 32 años de distancia, aproximadamente. Va, por tanto, mi relato sobre los inicios de la educación continua en la Facultad de Psicología de la UNAM.
El 15 de abril de 1983 se impartió el primer curso de educación continua de la Facultad de Psicología de la UNAM, y se llevó a cabo en la Unidad de Seminarios “Dr. Ignacio Chávez”. El curso estuvo a cargo del Dr. Darvelio Castaño Azmitia, entonces Director de la Facultad de Psicología, bajo la temática Estrategias y técnicas de cambio planificado en la organización. Sin embargo, los planteamientos e ideas que empezaron a darle forma al proyecto de educación continua tendría que ubicarlos dos años atrás.
-Los inicios
Cuando en mayo de 1981 el Dr. Darvelio Castaño Azmitia fue nombrado Director de la Facultad de Psicología me invitó a colaborar en su administración como Secretario Técnico de la Dirección, y desde los primeros días de su administración me planteó su interés por establecer un programa de educación continua para la Facultad. Por esas fechas yo era profesor del Área de Psicología Clínica de la Carrera de Psicología de la ENEP, Iztacala, y me sorprendió enormemente su invitación, pues eso me representaba dejar Iztacala y modificar sustancialmente mis planes en puerta. No obstante que un par de semanas antes había estado con él en algunas reuniones relacionadas con el proceso de cambio de la administración de la Facultad, lo que más me sorprendió es que me llamara para que fuera a recibir las oficinas de la Dirección el día después de su toma de posesión, lo cual era, en los hechos, mi primera función como Secretario Técnico.
A pesar de que trabajábamos en áreas diferentes y que nuestro contacto era muy circunstancial (fue mi maestro en la materia Psicología industrial en el sexto semestre de la carrera en la Facultad de Psicología, y un par de años antes de su nombramiento me había invitado a tomar un curso de Periodismo científico en el CONACyT), el perfil que tenía de él era el de ser una persona muy dinámica y emprendedora, pero, sobre todo, que tenía la reputación de ser una persona muy respetuosa y con un fuerte talante democrático [1] . Eso hizo que me entusiasmara la idea de colaborar con él en la nueva administración de la Facultad.
Tomando en cuenta que los primeros meses de su gestión estuvieron plagados de actividades académicas y administrativas de toda índole (donde las horas de trabajo se prolongaban hasta altas horas de la noche), en diversas ocasiones tuvimos la oportunidad de conversar sobre la importancia de esta modalidad educativa, y de lo inapreciable que sería para nuestra disciplina. Esto lo hicimos fundamentalmente pensando en la idea de establecer un vínculo más estrecho con los profesionales en ejercicio (incluyendo de manera prioritaria a los egresados de la UNAM), lo que a su vez contemplaba un vínculo más directo, oportuno y actualizado con sus necesidades y, por lo mismo, con los requerimientos sociales y profesionales de nuestro país.
Evidentemente no era una tarea que se viera sencilla, y no teníamos algún antecedente de esta naturaleza en la Facultad. Con todo, y después de varias fructíferas conversaciones, a finales de 1981 Darvelio me sugirió la idea de dejar la Secretaría Técnica para que me dedicara de tiempo completo a diseñar el proyecto de educación continua para la Facultad.
El siguiente paso fue su propuesta para la creación de un Departamento de Educación Continua, y a mí el encargo de coordinar su planificación y eventual puesta en marcha. Fue una propuesta que acepté con mucho entusiasmo (a pesar de que también estaba a cargo del Subcomité Técnico de Becas y seguía impartiendo mis clases en Iztacala), sobre todo porque se veía como un proyecto muy importante para nuestra Facultad, y un proyecto que podría ser muy útil y valioso para la UNAM; una iniciativa que a finales de 1981 empecé a estudiar desde las oficinas de la Secretaría Técnica, primero como idea, después como proyecto.
-Creación del Departamento de Educación Continua
Es en abril de 1982 cuando se crea formalmente el Departamento de Educación Continua, y cuando Darvelio me nombra jefe del nuevo Departamento (que en el organigrama de la Facultad originalmente se contempló dependiendo de la Coordinación de Servicio Social, entonces a cargo de la Dra. Isabel Reyes Lagunes), y es el momento en que se inician los trabajos para el diseño e implementación de un programa viable para la Facultad de Psicología.
Ya liberado del trabajo de la Secretaría Técnica y del Subcomité Técnico de Becas, me di a la tarea de investigar sobre esta modalidad educativa con mucho mayor disponibilidad de tiempo. No obstante, y como aún no contaba con un espacio físico para el Departamento, tentativamente continué utilizando como oficina la sala de juntas y cubículos de la Secretaría Técnica (ubicadas a un lado de las oficinas de la Dirección de la Facultad, en la Planta Baja del Edificio C), incluida la infraestructura secretarial entonces disponible. También por esas fechas invité a colaborar conmigo a Eva Esparza Meza (de quien siempre tuve un respaldo excepcional) y un poco más adelante a Elisa Saad Dayan, dos valiosas profesoras de la Facultad que compartieron conmigo los primeros trabajos y definiciones del proyecto[2].
A lo largo de ese año, 1982, fue que pudimos llevar a cabo una amplía actividad de investigación, realizando, entre otras tareas y gestiones, algunas entrevistas con profesionales de distintas áreas de la psicología en diferentes puestos y cargos; se hicieron indagaciones sobre necesidades de actualización consultando a especialistas y profesores para saber su opinión y conocer sus áreas prioritarias; se visitaron varios centros de trabajo y algunas instituciones que ya tenían experiencia en educación continua; se llevó a cabo una amplia revisión documental sobre temas relacionados con la educación continua; y se realizó un análisis del currículo profesional vigente en la Facultad de Psicología.
En nuestras primeras indagaciones pudimos ubicar en México, a principios del Siglo XX, actividades educativas similares[3], pero es en 1965 cuando la UNESCO lo aborda de forma más directa y como un tema prioritario para todas las naciones, llevándola a señalarla, en 1970, como “la piedra angular de la política educativa de los próximos años”. Estos hallazgos nos proporcionaron un importante impulso para seguir investigando sobre una temática que cada vez se nos mostraba más valiosa y crucial, y como un elemento sustantivo para la política educativa de la Máxima Casa de Estudios de nuestro país.
Al respecto de nuestras indagaciones en la UNAM, y no obstante que aún no disponíamos de una definición más adecuada para estos programas, nos encontramos con que tres Facultades ya venían realizando actividades de educación continua de manera regular y eficiente. Según datos que recabamos al respecto, fue la Facultad de Medicina la pionera en establecer este tipo de cursos, sin embargo eran la Facultad de Ingeniería y la Facultad de Contaduría y Administración las que en ese momento disponían de mejor infraestructura, y de las que eventualmente recibiríamos un importante apoyo para diseñar el proyecto de nuestra Facultad[4].
Básicamente ese año logramos especificar los elementos conceptuales que consideramos que podrían darle mayor sentido y sustentación a una propuesta de esta naturaleza, elementos que al mismo tiempo incluían los mecanismos pertinentes para su mejor implementación y alcance, para realizar, el 15 de abril de 1983, el primer curso de educación continua de la Facultad de Psicología. Éste se realizó bajo la modalidad de “Cursos abiertos”, que fue la primera definición que elaboramos para su puesta en marcha, pero también fue el momento en que se disparó la programación de cursos de educación continua en nuestra Facultad.
Para entonces ya teníamos proyectado un Programa interno de investigación, evaluación y diseño, a cargo de Elisa Saad Dayan, que nos ayudó a redondear nuestra conceptualización de la educación continua, además de proveernos de importante información para futuras programaciones. Entre algunas de sus valiosas aportaciones podría mencionar la iniciativa para crear un mecanismo de detección de las necesidades sociales y demandas profesionales que, a su vez, pudieran realimentar los contenidos del currículum formal de la carrera en nuestra Facultad, un mecanismo que podría ayudarnos a cubrir con más precisión dichas demandas profesionales y necesidades sociales[5]. Fue un productivo programa de investigación, en donde incluso llegamos aplicar un cuestionario de seguimiento a los asistentes seis meses después de haber tomado algún curso o seminario[6].
Desde su inicio, y gracias a un cuidadoso diseño y programación, el proyecto de educación continua tuvo una excepcional aceptación por parte de los profesionales, y como en su gran mayoría los cursos eran impartidos en la Unidad de Seminarios “Dr. Ignacio Chávez”, prácticamente teníamos saturadas sus instalaciones, lo cual representaba un impedimento para ampliar nuestra oferta de cursos[7]. Era tal la demanda y la falta de una más apropiada infraestructura, que incluso en los cursos que se impartían en la Facultad nosotros mismos nos encargábamos de adecuar alguna sala de juntas o salón para impartirlos. Prácticamente hacíamos de todo, desde la selección de la fotografía para el diseño del tríptico promocional que elaborábamos para cada curso (teníamos que llevarlo a la imprenta, revisar los negativos y recoger los trípticos, para posteriormente ponerlos en sobres y trasladarlos a una oficina postal), hasta preparar el servicio de cafetería y cargar con las cajas de refrescos para los asistentes.
-De Departamento a Centro de Educación Continua
Fue ese mismo año, 1983, cuando se contempló la pertinencia que el Departamento de Educación Continua dependiera de la División de Estudios de Posgrado, en ese entonces a cargo del Dr. Víctor Colotla Espinosa, sobre todo porque el público al que estaban prioritariamente dirigidos los cursos eran egresados de alguna licenciatura. Sin embargo, al no tratarse, en sentido estricto, de estudios de posgrado, y contemplando la necesidad de que dispusiera de mayor autonomía institucional (sobre todo por su cada vez mayor presencia a nivel nacional), fue que eventualmente se contempló en la posibilidad de convertirlo en un Centro independiente y con características propias en cuanto a su definición como programa, particularmente por las características de la población a las que estaba dirigido (profesionales que no eran formalmente estudiantes de la UNAM). Pero fue hasta 1984, después de realizar algunas consultas con el Lic. Raúl Béjar Navarro, entonces Secretario General de la UNAM, cuando se consideró importante convertirlo en Centro de Educación Continua con línea organizacional directa con la Dirección de la Facultad (similar a la estructura organizativa de otras Facultades), fecha en que el Departamento pasa a ser Centro de Educación Continua y yo nombrado Coordinador del mismo.
Esta última decisión ayudó a agilizar muchos de sus procedimientos y a mantener una comunicación más estrecha con la Dirección de la Facultad, pero además fue el momento en que se iniciaron los estudios para que el Centro de Educación Continua de la Facultad pudiera disponer de instalaciones propias. Era una iniciativa que había sido considerada con anterioridad, en parte por las características de la población a las que estaba dirigido, externas a la UNAM (de la cual los responsables de la educación continua en otras Facultades nos habían enfatizado su pertinencia), y en parte por la gran demanda de cursos que estaba teniendo nuestro proyecto.
Y mientras nosotros estábamos completamente sumergidos en actividades relacionadas al proyecto de educación continua de nuestra Facultad (muchísimas más de las horas que establecían nuestros nombramientos), actividades que literalmente absorbían todos nuestros esfuerzos y nuestros tiempos[8] , en la ENEP Acatlán estaba a punto de cocinarse una valiosa iniciativa para la UNAM.
Una iniciativa afortunada
En el mes de agosto de ese mismo año, 1984, la ENEP Acatlán organizó una reunión con los responsables de la educación continua de las diferentes Escuelas y Facultades de la UNAM, una interesante iniciativa que logró incentivar a los directores en torno a esta modalidad educativa, algunas de ellas con más historia y experiencia al respecto, como era la Facultad de Medicina, otras con actividades esporádicas o incluso prácticamente inexistentes. De cualquier manera, fue una reunión que destacó la importancia de la educación continua para la Máxima Casa de Estudios del país, en donde se puso de manifiesto la necesidad de buscar lineamientos que propiciaran una mejor comunicación entre las dependencias[9]. A partir de ese encuentro, los responsables de estos programas empezamos a reunirnos con relativa frecuencia para compartir nuestras experiencias e identificar problemas en común. Esto eventualmente nos llevó a pensar en la necesidad de plantearle al recientemente electo Rector, el Dr. Jorge Carpizo, una instancia institucional formal que ayudara a delinear la manera más eficiente y coordinada las actividades de educación continua de UNAM. Esta iniciativa posteriormente se materializó a través de un documento propositivo que fue elaborado de manera colectiva por los responsables de la educación continua de las Escuelas y Facultades participantes.
-El cambio de la administración y el afianzamiento del proyecto
1985 fue un año un poco revuelto porque precisamente ese año terminaba el periodo de la administración del Dr. Darvelio Castaño y se ponía en marcha el proceso de selección para la nueva administración de la Facultad. Hubo estira y aflojes, antes y después (como siempre), pero finalmente el proyecto de educación continua tuvo una excelente acogida por parte de la nueva administración, a cargo del Dr. Juan José Sánchez Sosa, quien me ratifica en el cargo de Coordinador del Centro de Educación Continua de la Facultad, y me brinda todo su apoyo para seguir desarrollándolo, incluida la idea de disponer de instalaciones propias fuera del campus universitario.
Luego de un breve periodo de ajustes y reacomodos (típico de cualquier transición por grande y pequeña que sea), por esas fechas reanudo la búsqueda de un lugar más apropiado para las instalaciones del Centro de Educación Continua, por lo que idee un plan de búsqueda personalizado: durante mis trayectos de ida y vuelta a la Facultad iba yo “peinando” distintas colonias y tomando nota de direcciones y teléfonos de los lugares que veía potencialmente posibles. Fue así como encontré la casa ubicada en el número 135 de la calle Saturnino Herrán, en la Colonia San José Insurgentes. Y después de ponernos en contacto con los dueños y de visitar la casa para constatar si reunía las condiciones necesarias, el Secretario Administrativo Lorenzo Ruiz Bouchout, en acuerdo con el director de la Facultad, inició los trámites de arrendamiento. Finalmente la Facultad de Psicología firma el contrato por un año, del 1 de agosto de 1985 al 31 de julio de 1986, y es a partir de esta fecha que nos abocamos a analizar y adecuar la distribución más apropiada de los espacios que disponía el inmueble, incluida la remodelación de algunas de sus áreas[10] . Sin embargo, aunque todavía no disponíamos del mobiliario necesario ni teníamos acondicionados los lugares para la impartición de cursos, los sismos que en septiembre de 1985 afectaron a la Ciudad de México nos obligaron a adelantar la apertura de las instalaciones.
-Un acontecimiento inesperado
A las siete y veinte de la mañana del 19 de septiembre de 1985 (un mes y 19 días después de disponer formalmente de las esperadas instalaciones) a mi mujer y a mí nos sorprendió un intenso movimiento, acompañado de fuertes ruidos, e inmediatamente nos percatamos de que se trataba de un temblor. Como ya estábamos acostumbrados, sólo esperamos a que “pasara” para reanudar nuestras rutinas cotidianas[11]. Posteriormente los dos nos fuimos a trabajar, igual que cualquier otro día.
Llegué a la Facultad aproximadamente a las nueve de la mañana, entré a las oficinas de la Dirección, y cuando pasé a saludar al Dr. Juan José Sánchez Sosa, que tenía la televisión prendida en las noticias, fue que empezamos a percatarnos de la magnitud del sismo. Este acontecimiento hizo que detuviéramos nuestros planes más inmediatos para trasladarnos a la casa de Saturnino Herrán, y toda nuestra atención se centró en lo que ya se veía como un acontecimiento catastrófico para la ciudad.
Paulatinamente fueron llegando los profesores y demás colaboradores de la Administración a las oficinas de la Dirección, y poco a poco fueron surgiendo ideas y propuestas para ver qué podía hacer la Facultad para ayudar. Al principio nos involucramos en diferentes actividades de apoyo sin mayor organización, como fueron las brigadas de voluntarios para ir a ofrecer apoyo psicológico a los damnificados (particularmente en el Parque México, con los habitantes de la Colonia Condesa y sus alrededores, y en el parque de béisbol del Seguro Social, en donde se había improvisado una morgue para los fallecidos[12]), pero gracias al apoyo brindado por el Director Juan José Sánchez Sosa, la Facultad pudo establecer un Programa Emergente de Ayuda a Damnificados. Este era un programa que incluía, entre otras cosas, un enlace con LOCATEL para la búsqueda de personas desaparecidas, y un servicio de apoyo psicológico por teléfono para los damnificados y para los familiares de personas heridas, fallecidas o desaparecidas, programa que estuvo a cargo del Dr. Federico Puente (servicio que eventualmente se convirtió en SAPTEL).
Esta situación nos llevó a ver de manera palpable la necesidad de programar algunos cursos de actualización, con carácter urgente, para que los profesionales de la psicología y áreas afines pudieran adquirir conocimientos de apoyo psicológico, de terapia breve, de terapia de grupo y de intervención en crisis, tanto para ayudar a los damnificados como para apoyar a sus familiares. Con todo, y a pesar de que apenas estábamos realizando las adaptaciones pertinentes para la impartición de cursos en las instalaciones recientemente adquiridas, fue que decidimos constituir el Programa Emergente de Actualización Profesional (dirigido a profesionales de la psicología y áreas afines), mismo que nos obligó a adelantar los tiempos previstos para su puesta en marcha y, con ello, iniciar las actividades de educación continua en su nueva sede[13]. Y aunque se trató de un programa emergente de muy corta duración, considero que los beneficios fueron muy importantes, gracias, en gran medida, a la valiosa y comprometida participación de los profesores de nuestra Facultad[14].
-Después de la tormenta
Después de este desastre nacional, la vida académica de nuestra Facultad fue retomando gradualmente sus actividades cotidianas, y nosotros aprovechamos el cambio prematuro a las nuevas instalaciones para reactivar los programas que ya estaban establecidos, pero, también, para continuar impulsando el proyecto de educación continua de la Facultad. Fue una tarea algo complicada y desgastante (con cotidianas salidas a la Facultad en la Ciudad Universitaria, con instalaciones propias, pero con inmobiliario insuficiente, además de los cuantiosos trámites administrativos que teníamos que cubrir, incluidas las dificultades que tenían los asistentes por tener que ir a pagar con anterioridad el costo de los cursos a la Facultad de Psicología, etc.), aunque los productos alcanzados siempre tenían efectos muy gratificantes para todos. O, al menos, así lo percibía yo. Y también tendría que reconocer que todos estos inconvenientes eventualmente fueron tomando un cauce institucional mucho más ágil y eficiente (incluidas las negociaciones con la Secretaría Administrativa de la UNAM para que los asistentes pudieran realizar los pagos en las mismas instalaciones del Centro de Educación Continua), lo que nos permitió dedicarles más tiempo a las tareas que considerábamos sustantivas a la educación continua.
El 26 de octubre ese mismo año, 1985, y gracias a las excelentes relaciones que el Dr. Juan José Sánchez Sosa mantenía con la administración central de la UNAM, el Rector Jorge Carpizo inauguró las instalaciones del Centro de Educación Continua de la Facultad de Psicología. Fue un acto formal que le proporcionó a la Facultad y al proyecto una importante presencia dentro de la propia UNAM, lo que ayudó a fortalecer los mecanismos de colaboración y apoyo con otras dependencias universitarias[15].
Llegamos a 1986 con instalaciones más apropiadas y con una demanda de cursos de actualización profesional en ascenso, incluidas las solicitudes realizadas por algunas instituciones para impartirles cursos de formación y actualización profesional a sus propios empleados y profesionales. Esto nos llevó a diseñar el Programa de Cursos Institucionales, que estuvo a cargo de Eva Esparza e Irma Pichardini, y a perfilar una estrategia promocional para resaltar la importancia y necesidad de la actualización profesional en diferentes instituciones y empresas, tanto públicas como privadas, lo cual incluía visitas personales a empresas e industrias que consideramos importantes, como fue el caso del Instituto Mexicano del Petróleo. Ese mismo año se llegaron a impartir los primeros seis cursos del Programa de Cursos Institucionales, en donde se logró abarcar una población de 991 profesionales (cubriendo 1098 horas/curso de actualización a nivel institucional), mismos que nos proporcionaron el primer indicador sobre la importancia que podría llegar a tener este programa para nuestro país (y en un futuro que ya empezaba a asomarse en el horizonte).
-Se crea la Comisión de Educación Continua de la UNAM
Por esas mismas fechas, y gracias al trabajo que veníamos realizando los responsables de la educación continua en las diferentes Escuelas y Facultades, el 7 de agosto de 1986, por acuerdo del Rector Jorge Carpizo se crea la Comisión de Educación Continua de la UNAM, la cual fue formalmente instalada el día 26 de agosto del mismo año por el entonces Secretario General de la UNAM, el Dr. José Narro Robles. En sus orígenes, dicha Comisión estuvo conformada por el director de la Dirección General de Proyectos Académicos, por el coordinador del Sistema de Universidad Abierta, por los representantes de educación continua de las Escuelas y Facultades, y estuvo presidida por la propia Secretaría General de la UNAM.
Posteriormente, y como producto de esta iniciativa, los responsables de la educación continua nos abocamos a analizar los primeros lineamientos para el futuro desarrollo de la educación continua de la UNAM, lo que nos llevó a organizar un extenso plan de trabajo en cinco Subcomisiones (Apoyos técnicos; Definición; Mecanismos administrativos; Promoción; Relaciones), mismas que fueron formalmente instaladas el mes de mayo de 1987, pudiendo participar la Facultad de Psicología en dos de éstas Subcomisiones (la de Apoyos técnico y la de Definición). El resultado fue un documento de ocho cuartillas con tres apartados que incluían planteamientos, definiciones, propósitos y recomendaciones para las actividades de educación continua en la UNAM[16], además de seis recomendaciones[17]. Estos encuentros marcaron el inicio de una muy fructífera colaboración entre Escuelas y Facultades, pero también fue el inicio de una apreciable amistad que sigo manteniendo con algunos colegas que, en su momento, tuvieron valiosas aportaciones en esa primera Comisión de Educación Continua de la UNAM[18].
-La adquisición de las instalaciones del Centro de Educación Continua
Ese mismo año, 1987, el Centro de Educación Continua estaba en medio de una acentuada actividad (a mediados de ese año ya llevábamos impartidos 68 cursos del Programa de Cursos Abiertos y 19 del Programa de Cursos Institucionales, abarcando una población de 1450 profesionales en un total de 1828 horas/curso) y en la Comisión de Educación Continua estábamos inmersos en un intenso trabajo de colaboración institucional (entre otras cosas apoyando la instauración de estos programas en otras Escuelas y Facultades), cuando el 1 de junio los dueños del inmueble que ocupábamos nos presentaron una propuesta de venta.
Evidentemente no era factible que con el presupuesto de la Facultad pudiera realizarse la operación de compra del inmueble, pero las excelentes gestiones del Director, Juan José Sánchez Sosa, lograron que el Rector Jorge Carpizo aprobara un préstamo del presupuesto de la UNAM para poder adquirir dicho inmueble. Fueron negociaciones que encabezó de manera eficiente el entonces Secretario Administrativo de nuestra Facultad, Lorenzo Ruiz Bouchout, de quien siempre tuvimos un importante y muy valioso apoyo.
Finalmente, el 17 de diciembre de 1987 se pudo realizar la firma de compra-venta y el inmueble de Saturnino Herrán pasó a formar parte del patrimonio de la UNAM, una oportuna y muy acertada adquisición que ha cubierto con creces su inversión, pero, sobre todo, una excelente inversión para seguir favoreciendo el proyecto académico y profesional de la educación continua de nuestra Facultad.
-1988 y 1989
1988 fue otro año de intensa actividad, pero, sobre todo, de creación de nuevos programas y ajuste de los anteriores.
Al respecto, me parece importante mencionar que, desde sus inicios, la programación de cursos que realizábamos había llamado mucho la atención a otro tipo de audiencia, a un público no profesional. No era una situación que hubiéramos previsto, sin embargo, se hizo más evidente cuando iniciamos nuestras actividades en las instalaciones de Saturnino Herrán. Era un público interesado en las temáticas que programábamos, pero que no eran psicólogos ni profesionales de alguna otra disciplina afín (que era el público para el que se había diseñado originalmente el proyecto). Y pensamos que en parte se debió al nombre que utilizamos para este Programa (Programa de Cursos Abiertos). Fue por ello que decidimos modificar el nombre original por uno más descriptivo, que denominamos Programa de Actualización Profesional, y al mismo tiempo crear un programa dirigido al público en general. La idea de este último era que fuera más acorde con otra de las funciones sustantivas de la UNAM (referidas a la extensión de los conocimientos y de la cultura en general), lo que, en nuestra opinión, adicionalmente rescataba los ideales educativos y liberales de la Revolución Mexicana. Este fue denominado Programa Abierto de Educación Permanente, y se diseñó expresamente para abarcar a un público más general[19].
Ese año pudimos percatarnos de algunas necesidades profesionales adicionales, así como detectar algunas demandas muy específicas y apremiantes por parte de los asistentes. Una de estas demandas estaba relacionada con la necesidad de disponer de una formación profesional más especializada, otra relacionada con aquéllos egresados de la UNAM, ya vinculados profesionalmente al mundo laboral, pero que aún no se habían titulado[20]. Fueron estas demandas y necesidades las que nos impulsaron a abrir un nuevo proyecto, que tentativamente denominamos Programa de Cursos Especiales. Para el primer caso se diseñó el Programa de formación en psicoterapia con orientación psicoanalítica, con 630 horas de duración a impartirse en dos años (lo que eventualmente pensábamos denominar como Diplomados, una figura en ese momento inexistente en la UNAM), que coordinó la doctora Cristina Enciso. Y para el segundo caso se configuró un Programa de Apoyo a la Titulación, que logró titular, en un tiempo relativamente corto, a los cincuenta egresados de nuestra Facultad que se inscribieron en dicho programa. Sobra decir que ambos tuvieron una excelente acogida por parte de los profesionales[21].
Con todo, lo más gratificante de ese año fue nuestra primera experiencia en el extranjero: un curso impartido por la Dra. Ana María Novelo en la ciudad de Panamá. Fue una experiencia que le estaba abriendo las puertas a nuestra Facultad para su eventual incursión en el continente, misma que incluía la posibilidad de establecer fructíferas colaboraciones e intercambios a nivel internacional. Y así llegamos a 1989.
Es en mayo de 1989 cuando termina la administración de Juan José Sánchez Sosa, y con él mi función como coordinador al frente de este valioso y muy gratificante proyecto, mismo que fue retomada por la Mtra. Carmen Blanco Gil.
-Colaboraciones adicionales
Como un dato interesante a comentar (al margen de las funciones sustantivas que teníamos que realizar), fue el apoyo que pudimos brindar a la recientemente creada Comisión de Educación Continua de la UNAM, además de las actividades relacionadas con la fundación del Colegio Nacional de Psicólogos (CONAPSI). En el primer caso el apoyo estuvo relacionado con las tareas que estaban realizando los representantes de las diferentes Escuelas y Facultades en sus respectivos programas de educación continua. Y en el segundo caso, primero como sede del Comité Intersocietario, creado para definir los requisitos y delinear los mecanismos para convocar a la Asamblea Constitutiva del Colegio Nacional de Psicólogos (de abril a julio de 1987), y posteriormente como sede provisional del Primer Consejo Directivo del CONAPSI (del 31 de julio de 1987 al 17 de junio de 1988), actividades que concluyeron con la elección del segundo Consejo Directivo del CONAPSI (votaciones que se realizaron del 18 al 22 de abril de 1988 en las instalaciones de Saturnino Herrán[22]) y con la toma de posesión del mismo. Todo esto se pudo realizar gracias a la infraestructura de la que ya disponía el Centro de Educación Continua de nuestra Facultad, tanto en instalaciones como en personal (a quienes, por cierto, agradezco el apoyo que me brindaron en estas tareas, particularmente por la entrega y entusiasmo que siempre me mostraron).
-A manera de colofón
Evidentemente no todo fue miel con hojuelas, pero pienso que el excelente trabajo que realizamos como equipo pudo sortear con éxito las dificultades a las que nos enfrentamos, además de que le proporcionó al proyecto de educación continua una sólida infraestructura y una muy importante proyección profesional de la UNAM dentro y fuera de nuestro país.
Fueron años de mucho trabajo, compromiso y dedicación que compartí con personas muy valiosas, generosas y comprometidas, entre las que se encuentran Eva Esparza, Elisa Saad, Armando Hernández, Irma Pichardini, Monserrat Gamboa, Martha Romay e Hilda Velázquez, además de la secretaria Rocío Nolasco y los trabajadores administrativos Gabina Maldonado y Javier Durán. Va para ellos mi más profundo agradecimiento en el recorrido que realizamos por casi ocho años en el Centro de Educación Continua de la Facultad de Psicología de la UNAM.
-Notas
[1]Dado el talante democrático que lo acreditaba, incluso con cierto tono socialista, fue que algunos colegas llegaron a referirse a él como ‘Darvelio Mitterrand’, en alusión al presidente francés de ese momento.
[2]Ver apartado ‘Material publicado y referencias’ al final de este documento.
[3]Como lo fue el proyecto de ‘educación permanente’ que surge en 1910 como una importante y necesaria demanda social de la Revolución Mexicana, aunque en sus inicios estuvo centrada en la alfabetización de adultos.
[4]A este respecto, valdría la pena señalar que fue la Facultad de Psicología la que eventualmente asesoraría a otras dependencias para que lograran instaurar sus respectivos programas de educación continua.
[5]Se trató de un valioso trabajo de investigación que produjo tres tesis de licenciatura y varias publicaciones.
[6]En una encuesta aplicada a 82 asistentes encontramos que el 89% consideró que había adquirido nuevos conocimientos, el 92% que el curso le ayudó a integrar grupos de conocimientos en un esquema más general, el 76.8% que había podido aclarar conceptos de una teoría previamente conocida, el 82.9% que había adquirido nuevas estrategias metodológicas, el 97.5% que la temática les motivó a ahondar más en el tema, y que el 79.9% ya estaba aplicando estos nuevos conocimientos en su práctica profesional.
[7]A pesar del apoyo y excelente acogida por parte de la encargada de la Unidad de Seminarios, la Sra. Graciela Deneke Legorreta, con quien tenemos una gran deuda y un profundo agradecimiento.
[8]Además de mi completa dedicación a este proyecto, al mismo tiempo formaba parte del pequeño grupo de trabajo de Darvelio (también conocido como “Estafito”). Tanto era nuestra dedicación y tan tarde las llegadas a nuestras casas que a nuestras esposas alguien las empezó a llamar “las viudas de Darvelio”.
[9]Como consecuencia de esa reunión se formaron siete comités consultivos bajo los siguientes rubros: a) La conceptualización de la educación continua; b) Relaciones y diferencias entre educación continua y extensión universitaria; c) Métodos y procedimientos administrativos; d) Características docentes y métodos didácticos aplicables; e) La educación continua como fuente de recursos financieros para la UNAM; f) Proyectos específicos para la vinculación más efectiva de los profesionales universitarios con las necesidades del país.
[10]Ese mismo mes se incorpora con nosotros Hilda Velázquez Flores, una persona que le proporcionó al proyecto mecanismos administrativos oportunos y transparentes, mecanismos que nos ayudaron a sortear con eficacia algunos de los embates con los que sentíamos que ocasionalmente nos emboscaban.
[11]Incluida la rutina de hablar por teléfono con nuestros familiares para ver “si lo sintieron” y “si todo estaba bien”, sin llegar a percatarnos del tamaño de la tragedia. Aunque de camino a la Facultad vi mucha gente en la calle y que habían desalojado un edificio cercano.
[12]Fue una experiencia difícil, sobre todo en el campo de béisbol del Seguro Social, en donde la gente se formaba para pasar a ver si encontraban algún pariente desparecido o fallecido, y cuando no lo encontraban entre la hilera de cuerpos, salían del campo para volverse a formar.
[13]En este programa se llegaron a impartir 17 cursos breves de actualización y se abarcó una población de 399 profesionales, a lo cuales les correspondió brindar apoyo psicológico al personal y familiares de 36 instituciones y empresas, algunas de ellas en condiciones de franco desastre (como fue el caso de las oficinas centrales de Teléfonos de México).
[14]Al respecto, me parece legítimo reconocer la valiosa y muy generosa participación de muchos colegas de la Facultad para impartir estos cursos, así como el interés y preocupación de muchos profesionales que los tomaron para, posteriormente, brindar apoyo psicológico al personal de sus propios centros de trabajo.
[15]Recuerdo que ese día, temprano por la mañana, llegaron unos camiones de la UNAM cargados de varias macetas con plantas para darle realce a la inauguración (supuse que era por la austeridad con la que nos habían visto), mismas que colocaron estratégicamente en las escaleras de la entrada y en el pasillo principal. Creo que eran “palmas”. Después me enteré que eso lo hacían en todos los eventos del Rector. No recuerdo con quién hablé, pero lo convencí para que nos las dejaran.
[16]Los cuatro apartados incluidos en el documento son: (1) la definición y propósitos de la educación continua universitaria, (2) la ubicación institucional de la educación continua en la UNAM, y (3) los criterios generales para la normatividad institucional de la educación continua en la UNAM.
[17]Ver Propuestas sobre la educación continua de la UNAM. En: Comisión de Educación Continua (1988). Secretaría General, UNAM.
[18]Es el caso de José María García Sáez, de la Facultad de Química, de Gloria Abella Armengol, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de Jorge Barajas y Carmen Milla, de la Facultad de Contaduría y Administración, de José Moreno Pesero, de la Facultad de Ingeniería… y más.
[19]Desde su inicio este programa rebasó todas nuestras expectativas, como fue la conferencia sobre niños hiperquinéticos que impartió el Dr. Víctor Uriarte, programada para un cupo de 20 personas, pero que llegaron a asistir más de 100.
[20]En ese entonces la UNAM sólo disponía de tres opciones de titulación: tesis, tesina y examen general de conocimientos.
[21]En este programa también se llegaron a impartir, en coordinación con el Centro de Lenguas Extranjeras de la UNAM, cursos de idiomas para que los pasantes pudieran cubrir otro de los requisitos para su titulación.
[22]Para más información sobre el CONAPSI se puede consultar la siguiente página web: www.conapsi.org.mx.
-MATERIAL PUBLICADO Y REFERENCIAS
Abella, G. y Limón, G. (1988). Perspectivas de la educación continua en la UNAM. La educación continua. UNAM: México.
Comisión de Educación Continua (Documento colectivo). Propuestas sobre la educación continua en la UNAM. Secretaría General de la UNAM, 1988.
Esparza, E. y Saad, E. (1988). Reflexiones sobre áreas de formación que puede desarrollar la educación continua. La educación continua. UNAM: México.
Limón, G. (1989). La educación continua y el profesional: perspectivas para el Siglo XXI. Ponencia presentada en el XXII Congreso Interamericano de Psicología, Buenos Aires, 25-30 de junio.
Limón, G. y Saad, E. (1986). La educación continua y la actualización del profesional de la psicología. Apuntes para un trabajo preventivo. Revista del CNEIP. Ponencia presentada en la XII Reunión Nacional del CNEIP, Xalapa, Veracruz, abril de 1986.
Limón, G. y Saad, E. (1988a). Criterios de calidad en los programas de educación continua. La educación continua. UNAM: México.
Limón, G., Saad, E. y Sánchez, G. (1989). El papel de la educación continua en la formación y actualización del psicólogo. En J. Urbina (comp.), El psicólogo: formación, ejercicio profesional y prospectiva. Facultad de Psicología, UNAM: México.
La Educación Continua (Memorias). Secretaría General y Comisión de Educación Continua de la UNAM, 1988.
El 15 de abril de 1983 se impartió el primer curso de educación continua de la Facultad de Psicología de la UNAM, y se llevó a cabo en la Unidad de Seminarios “Dr. Ignacio Chávez”. El curso estuvo a cargo del Dr. Darvelio Castaño Azmitia, entonces Director de la Facultad de Psicología, bajo la temática Estrategias y técnicas de cambio planificado en la organización. Sin embargo, los planteamientos e ideas que empezaron a darle forma al proyecto de educación continua tendría que ubicarlos dos años atrás.
-Los inicios
Cuando en mayo de 1981 el Dr. Darvelio Castaño Azmitia fue nombrado Director de la Facultad de Psicología me invitó a colaborar en su administración como Secretario Técnico de la Dirección, y desde los primeros días de su administración me planteó su interés por establecer un programa de educación continua para la Facultad. Por esas fechas yo era profesor del Área de Psicología Clínica de la Carrera de Psicología de la ENEP, Iztacala, y me sorprendió enormemente su invitación, pues eso me representaba dejar Iztacala y modificar sustancialmente mis planes en puerta. No obstante que un par de semanas antes había estado con él en algunas reuniones relacionadas con el proceso de cambio de la administración de la Facultad, lo que más me sorprendió es que me llamara para que fuera a recibir las oficinas de la Dirección el día después de su toma de posesión, lo cual era, en los hechos, mi primera función como Secretario Técnico.
A pesar de que trabajábamos en áreas diferentes y que nuestro contacto era muy circunstancial (fue mi maestro en la materia Psicología industrial en el sexto semestre de la carrera en la Facultad de Psicología, y un par de años antes de su nombramiento me había invitado a tomar un curso de Periodismo científico en el CONACyT), el perfil que tenía de él era el de ser una persona muy dinámica y emprendedora, pero, sobre todo, que tenía la reputación de ser una persona muy respetuosa y con un fuerte talante democrático [1] . Eso hizo que me entusiasmara la idea de colaborar con él en la nueva administración de la Facultad.
Tomando en cuenta que los primeros meses de su gestión estuvieron plagados de actividades académicas y administrativas de toda índole (donde las horas de trabajo se prolongaban hasta altas horas de la noche), en diversas ocasiones tuvimos la oportunidad de conversar sobre la importancia de esta modalidad educativa, y de lo inapreciable que sería para nuestra disciplina. Esto lo hicimos fundamentalmente pensando en la idea de establecer un vínculo más estrecho con los profesionales en ejercicio (incluyendo de manera prioritaria a los egresados de la UNAM), lo que a su vez contemplaba un vínculo más directo, oportuno y actualizado con sus necesidades y, por lo mismo, con los requerimientos sociales y profesionales de nuestro país.
Evidentemente no era una tarea que se viera sencilla, y no teníamos algún antecedente de esta naturaleza en la Facultad. Con todo, y después de varias fructíferas conversaciones, a finales de 1981 Darvelio me sugirió la idea de dejar la Secretaría Técnica para que me dedicara de tiempo completo a diseñar el proyecto de educación continua para la Facultad.
El siguiente paso fue su propuesta para la creación de un Departamento de Educación Continua, y a mí el encargo de coordinar su planificación y eventual puesta en marcha. Fue una propuesta que acepté con mucho entusiasmo (a pesar de que también estaba a cargo del Subcomité Técnico de Becas y seguía impartiendo mis clases en Iztacala), sobre todo porque se veía como un proyecto muy importante para nuestra Facultad, y un proyecto que podría ser muy útil y valioso para la UNAM; una iniciativa que a finales de 1981 empecé a estudiar desde las oficinas de la Secretaría Técnica, primero como idea, después como proyecto.
-Creación del Departamento de Educación Continua
Es en abril de 1982 cuando se crea formalmente el Departamento de Educación Continua, y cuando Darvelio me nombra jefe del nuevo Departamento (que en el organigrama de la Facultad originalmente se contempló dependiendo de la Coordinación de Servicio Social, entonces a cargo de la Dra. Isabel Reyes Lagunes), y es el momento en que se inician los trabajos para el diseño e implementación de un programa viable para la Facultad de Psicología.
En nuestras primeras indagaciones pudimos ubicar en México, a principios del Siglo XX, actividades educativas similares[3], pero es en 1965 cuando la UNESCO lo aborda de forma más directa y como un tema prioritario para todas las naciones, llevándola a señalarla, en 1970, como “la piedra angular de la política educativa de los próximos años”. Estos hallazgos nos proporcionaron un importante impulso para seguir investigando sobre una temática que cada vez se nos mostraba más valiosa y crucial, y como un elemento sustantivo para la política educativa de la Máxima Casa de Estudios de nuestro país.
Al respecto de nuestras indagaciones en la UNAM, y no obstante que aún no disponíamos de una definición más adecuada para estos programas, nos encontramos con que tres Facultades ya venían realizando actividades de educación continua de manera regular y eficiente. Según datos que recabamos al respecto, fue la Facultad de Medicina la pionera en establecer este tipo de cursos, sin embargo eran la Facultad de Ingeniería y la Facultad de Contaduría y Administración las que en ese momento disponían de mejor infraestructura, y de las que eventualmente recibiríamos un importante apoyo para diseñar el proyecto de nuestra Facultad[4].
Básicamente ese año logramos especificar los elementos conceptuales que consideramos que podrían darle mayor sentido y sustentación a una propuesta de esta naturaleza, elementos que al mismo tiempo incluían los mecanismos pertinentes para su mejor implementación y alcance, para realizar, el 15 de abril de 1983, el primer curso de educación continua de la Facultad de Psicología. Éste se realizó bajo la modalidad de “Cursos abiertos”, que fue la primera definición que elaboramos para su puesta en marcha, pero también fue el momento en que se disparó la programación de cursos de educación continua en nuestra Facultad.
Para entonces ya teníamos proyectado un Programa interno de investigación, evaluación y diseño, a cargo de Elisa Saad Dayan, que nos ayudó a redondear nuestra conceptualización de la educación continua, además de proveernos de importante información para futuras programaciones. Entre algunas de sus valiosas aportaciones podría mencionar la iniciativa para crear un mecanismo de detección de las necesidades sociales y demandas profesionales que, a su vez, pudieran realimentar los contenidos del currículum formal de la carrera en nuestra Facultad, un mecanismo que podría ayudarnos a cubrir con más precisión dichas demandas profesionales y necesidades sociales[5]. Fue un productivo programa de investigación, en donde incluso llegamos aplicar un cuestionario de seguimiento a los asistentes seis meses después de haber tomado algún curso o seminario[6].
Desde su inicio, y gracias a un cuidadoso diseño y programación, el proyecto de educación continua tuvo una excepcional aceptación por parte de los profesionales, y como en su gran mayoría los cursos eran impartidos en la Unidad de Seminarios “Dr. Ignacio Chávez”, prácticamente teníamos saturadas sus instalaciones, lo cual representaba un impedimento para ampliar nuestra oferta de cursos[7]. Era tal la demanda y la falta de una más apropiada infraestructura, que incluso en los cursos que se impartían en la Facultad nosotros mismos nos encargábamos de adecuar alguna sala de juntas o salón para impartirlos. Prácticamente hacíamos de todo, desde la selección de la fotografía para el diseño del tríptico promocional que elaborábamos para cada curso (teníamos que llevarlo a la imprenta, revisar los negativos y recoger los trípticos, para posteriormente ponerlos en sobres y trasladarlos a una oficina postal), hasta preparar el servicio de cafetería y cargar con las cajas de refrescos para los asistentes.
-De Departamento a Centro de Educación Continua
Fue ese mismo año, 1983, cuando se contempló la pertinencia que el Departamento de Educación Continua dependiera de la División de Estudios de Posgrado, en ese entonces a cargo del Dr. Víctor Colotla Espinosa, sobre todo porque el público al que estaban prioritariamente dirigidos los cursos eran egresados de alguna licenciatura. Sin embargo, al no tratarse, en sentido estricto, de estudios de posgrado, y contemplando la necesidad de que dispusiera de mayor autonomía institucional (sobre todo por su cada vez mayor presencia a nivel nacional), fue que eventualmente se contempló en la posibilidad de convertirlo en un Centro independiente y con características propias en cuanto a su definición como programa, particularmente por las características de la población a las que estaba dirigido (profesionales que no eran formalmente estudiantes de la UNAM). Pero fue hasta 1984, después de realizar algunas consultas con el Lic. Raúl Béjar Navarro, entonces Secretario General de la UNAM, cuando se consideró importante convertirlo en Centro de Educación Continua con línea organizacional directa con la Dirección de la Facultad (similar a la estructura organizativa de otras Facultades), fecha en que el Departamento pasa a ser Centro de Educación Continua y yo nombrado Coordinador del mismo.
Esta última decisión ayudó a agilizar muchos de sus procedimientos y a mantener una comunicación más estrecha con la Dirección de la Facultad, pero además fue el momento en que se iniciaron los estudios para que el Centro de Educación Continua de la Facultad pudiera disponer de instalaciones propias. Era una iniciativa que había sido considerada con anterioridad, en parte por las características de la población a las que estaba dirigido, externas a la UNAM (de la cual los responsables de la educación continua en otras Facultades nos habían enfatizado su pertinencia), y en parte por la gran demanda de cursos que estaba teniendo nuestro proyecto.
Y mientras nosotros estábamos completamente sumergidos en actividades relacionadas al proyecto de educación continua de nuestra Facultad (muchísimas más de las horas que establecían nuestros nombramientos), actividades que literalmente absorbían todos nuestros esfuerzos y nuestros tiempos[8] , en la ENEP Acatlán estaba a punto de cocinarse una valiosa iniciativa para la UNAM.
Una iniciativa afortunada
En el mes de agosto de ese mismo año, 1984, la ENEP Acatlán organizó una reunión con los responsables de la educación continua de las diferentes Escuelas y Facultades de la UNAM, una interesante iniciativa que logró incentivar a los directores en torno a esta modalidad educativa, algunas de ellas con más historia y experiencia al respecto, como era la Facultad de Medicina, otras con actividades esporádicas o incluso prácticamente inexistentes. De cualquier manera, fue una reunión que destacó la importancia de la educación continua para la Máxima Casa de Estudios del país, en donde se puso de manifiesto la necesidad de buscar lineamientos que propiciaran una mejor comunicación entre las dependencias[9]. A partir de ese encuentro, los responsables de estos programas empezamos a reunirnos con relativa frecuencia para compartir nuestras experiencias e identificar problemas en común. Esto eventualmente nos llevó a pensar en la necesidad de plantearle al recientemente electo Rector, el Dr. Jorge Carpizo, una instancia institucional formal que ayudara a delinear la manera más eficiente y coordinada las actividades de educación continua de UNAM. Esta iniciativa posteriormente se materializó a través de un documento propositivo que fue elaborado de manera colectiva por los responsables de la educación continua de las Escuelas y Facultades participantes.
-El cambio de la administración y el afianzamiento del proyecto
1985 fue un año un poco revuelto porque precisamente ese año terminaba el periodo de la administración del Dr. Darvelio Castaño y se ponía en marcha el proceso de selección para la nueva administración de la Facultad. Hubo estira y aflojes, antes y después (como siempre), pero finalmente el proyecto de educación continua tuvo una excelente acogida por parte de la nueva administración, a cargo del Dr. Juan José Sánchez Sosa, quien me ratifica en el cargo de Coordinador del Centro de Educación Continua de la Facultad, y me brinda todo su apoyo para seguir desarrollándolo, incluida la idea de disponer de instalaciones propias fuera del campus universitario.
Luego de un breve periodo de ajustes y reacomodos (típico de cualquier transición por grande y pequeña que sea), por esas fechas reanudo la búsqueda de un lugar más apropiado para las instalaciones del Centro de Educación Continua, por lo que idee un plan de búsqueda personalizado: durante mis trayectos de ida y vuelta a la Facultad iba yo “peinando” distintas colonias y tomando nota de direcciones y teléfonos de los lugares que veía potencialmente posibles. Fue así como encontré la casa ubicada en el número 135 de la calle Saturnino Herrán, en la Colonia San José Insurgentes. Y después de ponernos en contacto con los dueños y de visitar la casa para constatar si reunía las condiciones necesarias, el Secretario Administrativo Lorenzo Ruiz Bouchout, en acuerdo con el director de la Facultad, inició los trámites de arrendamiento. Finalmente la Facultad de Psicología firma el contrato por un año, del 1 de agosto de 1985 al 31 de julio de 1986, y es a partir de esta fecha que nos abocamos a analizar y adecuar la distribución más apropiada de los espacios que disponía el inmueble, incluida la remodelación de algunas de sus áreas[10] . Sin embargo, aunque todavía no disponíamos del mobiliario necesario ni teníamos acondicionados los lugares para la impartición de cursos, los sismos que en septiembre de 1985 afectaron a la Ciudad de México nos obligaron a adelantar la apertura de las instalaciones.
-Un acontecimiento inesperado
A las siete y veinte de la mañana del 19 de septiembre de 1985 (un mes y 19 días después de disponer formalmente de las esperadas instalaciones) a mi mujer y a mí nos sorprendió un intenso movimiento, acompañado de fuertes ruidos, e inmediatamente nos percatamos de que se trataba de un temblor. Como ya estábamos acostumbrados, sólo esperamos a que “pasara” para reanudar nuestras rutinas cotidianas[11]. Posteriormente los dos nos fuimos a trabajar, igual que cualquier otro día.
Llegué a la Facultad aproximadamente a las nueve de la mañana, entré a las oficinas de la Dirección, y cuando pasé a saludar al Dr. Juan José Sánchez Sosa, que tenía la televisión prendida en las noticias, fue que empezamos a percatarnos de la magnitud del sismo. Este acontecimiento hizo que detuviéramos nuestros planes más inmediatos para trasladarnos a la casa de Saturnino Herrán, y toda nuestra atención se centró en lo que ya se veía como un acontecimiento catastrófico para la ciudad.
Paulatinamente fueron llegando los profesores y demás colaboradores de la Administración a las oficinas de la Dirección, y poco a poco fueron surgiendo ideas y propuestas para ver qué podía hacer la Facultad para ayudar. Al principio nos involucramos en diferentes actividades de apoyo sin mayor organización, como fueron las brigadas de voluntarios para ir a ofrecer apoyo psicológico a los damnificados (particularmente en el Parque México, con los habitantes de la Colonia Condesa y sus alrededores, y en el parque de béisbol del Seguro Social, en donde se había improvisado una morgue para los fallecidos[12]), pero gracias al apoyo brindado por el Director Juan José Sánchez Sosa, la Facultad pudo establecer un Programa Emergente de Ayuda a Damnificados. Este era un programa que incluía, entre otras cosas, un enlace con LOCATEL para la búsqueda de personas desaparecidas, y un servicio de apoyo psicológico por teléfono para los damnificados y para los familiares de personas heridas, fallecidas o desaparecidas, programa que estuvo a cargo del Dr. Federico Puente (servicio que eventualmente se convirtió en SAPTEL).
Esta situación nos llevó a ver de manera palpable la necesidad de programar algunos cursos de actualización, con carácter urgente, para que los profesionales de la psicología y áreas afines pudieran adquirir conocimientos de apoyo psicológico, de terapia breve, de terapia de grupo y de intervención en crisis, tanto para ayudar a los damnificados como para apoyar a sus familiares. Con todo, y a pesar de que apenas estábamos realizando las adaptaciones pertinentes para la impartición de cursos en las instalaciones recientemente adquiridas, fue que decidimos constituir el Programa Emergente de Actualización Profesional (dirigido a profesionales de la psicología y áreas afines), mismo que nos obligó a adelantar los tiempos previstos para su puesta en marcha y, con ello, iniciar las actividades de educación continua en su nueva sede[13]. Y aunque se trató de un programa emergente de muy corta duración, considero que los beneficios fueron muy importantes, gracias, en gran medida, a la valiosa y comprometida participación de los profesores de nuestra Facultad[14].
-Después de la tormenta
Después de este desastre nacional, la vida académica de nuestra Facultad fue retomando gradualmente sus actividades cotidianas, y nosotros aprovechamos el cambio prematuro a las nuevas instalaciones para reactivar los programas que ya estaban establecidos, pero, también, para continuar impulsando el proyecto de educación continua de la Facultad. Fue una tarea algo complicada y desgastante (con cotidianas salidas a la Facultad en la Ciudad Universitaria, con instalaciones propias, pero con inmobiliario insuficiente, además de los cuantiosos trámites administrativos que teníamos que cubrir, incluidas las dificultades que tenían los asistentes por tener que ir a pagar con anterioridad el costo de los cursos a la Facultad de Psicología, etc.), aunque los productos alcanzados siempre tenían efectos muy gratificantes para todos. O, al menos, así lo percibía yo. Y también tendría que reconocer que todos estos inconvenientes eventualmente fueron tomando un cauce institucional mucho más ágil y eficiente (incluidas las negociaciones con la Secretaría Administrativa de la UNAM para que los asistentes pudieran realizar los pagos en las mismas instalaciones del Centro de Educación Continua), lo que nos permitió dedicarles más tiempo a las tareas que considerábamos sustantivas a la educación continua.
El 26 de octubre ese mismo año, 1985, y gracias a las excelentes relaciones que el Dr. Juan José Sánchez Sosa mantenía con la administración central de la UNAM, el Rector Jorge Carpizo inauguró las instalaciones del Centro de Educación Continua de la Facultad de Psicología. Fue un acto formal que le proporcionó a la Facultad y al proyecto una importante presencia dentro de la propia UNAM, lo que ayudó a fortalecer los mecanismos de colaboración y apoyo con otras dependencias universitarias[15].
Llegamos a 1986 con instalaciones más apropiadas y con una demanda de cursos de actualización profesional en ascenso, incluidas las solicitudes realizadas por algunas instituciones para impartirles cursos de formación y actualización profesional a sus propios empleados y profesionales. Esto nos llevó a diseñar el Programa de Cursos Institucionales, que estuvo a cargo de Eva Esparza e Irma Pichardini, y a perfilar una estrategia promocional para resaltar la importancia y necesidad de la actualización profesional en diferentes instituciones y empresas, tanto públicas como privadas, lo cual incluía visitas personales a empresas e industrias que consideramos importantes, como fue el caso del Instituto Mexicano del Petróleo. Ese mismo año se llegaron a impartir los primeros seis cursos del Programa de Cursos Institucionales, en donde se logró abarcar una población de 991 profesionales (cubriendo 1098 horas/curso de actualización a nivel institucional), mismos que nos proporcionaron el primer indicador sobre la importancia que podría llegar a tener este programa para nuestro país (y en un futuro que ya empezaba a asomarse en el horizonte).
-Se crea la Comisión de Educación Continua de la UNAM
Por esas mismas fechas, y gracias al trabajo que veníamos realizando los responsables de la educación continua en las diferentes Escuelas y Facultades, el 7 de agosto de 1986, por acuerdo del Rector Jorge Carpizo se crea la Comisión de Educación Continua de la UNAM, la cual fue formalmente instalada el día 26 de agosto del mismo año por el entonces Secretario General de la UNAM, el Dr. José Narro Robles. En sus orígenes, dicha Comisión estuvo conformada por el director de la Dirección General de Proyectos Académicos, por el coordinador del Sistema de Universidad Abierta, por los representantes de educación continua de las Escuelas y Facultades, y estuvo presidida por la propia Secretaría General de la UNAM.
Posteriormente, y como producto de esta iniciativa, los responsables de la educación continua nos abocamos a analizar los primeros lineamientos para el futuro desarrollo de la educación continua de la UNAM, lo que nos llevó a organizar un extenso plan de trabajo en cinco Subcomisiones (Apoyos técnicos; Definición; Mecanismos administrativos; Promoción; Relaciones), mismas que fueron formalmente instaladas el mes de mayo de 1987, pudiendo participar la Facultad de Psicología en dos de éstas Subcomisiones (la de Apoyos técnico y la de Definición). El resultado fue un documento de ocho cuartillas con tres apartados que incluían planteamientos, definiciones, propósitos y recomendaciones para las actividades de educación continua en la UNAM[16], además de seis recomendaciones[17]. Estos encuentros marcaron el inicio de una muy fructífera colaboración entre Escuelas y Facultades, pero también fue el inicio de una apreciable amistad que sigo manteniendo con algunos colegas que, en su momento, tuvieron valiosas aportaciones en esa primera Comisión de Educación Continua de la UNAM[18].
-La adquisición de las instalaciones del Centro de Educación Continua
Ese mismo año, 1987, el Centro de Educación Continua estaba en medio de una acentuada actividad (a mediados de ese año ya llevábamos impartidos 68 cursos del Programa de Cursos Abiertos y 19 del Programa de Cursos Institucionales, abarcando una población de 1450 profesionales en un total de 1828 horas/curso) y en la Comisión de Educación Continua estábamos inmersos en un intenso trabajo de colaboración institucional (entre otras cosas apoyando la instauración de estos programas en otras Escuelas y Facultades), cuando el 1 de junio los dueños del inmueble que ocupábamos nos presentaron una propuesta de venta.
Evidentemente no era factible que con el presupuesto de la Facultad pudiera realizarse la operación de compra del inmueble, pero las excelentes gestiones del Director, Juan José Sánchez Sosa, lograron que el Rector Jorge Carpizo aprobara un préstamo del presupuesto de la UNAM para poder adquirir dicho inmueble. Fueron negociaciones que encabezó de manera eficiente el entonces Secretario Administrativo de nuestra Facultad, Lorenzo Ruiz Bouchout, de quien siempre tuvimos un importante y muy valioso apoyo.
Finalmente, el 17 de diciembre de 1987 se pudo realizar la firma de compra-venta y el inmueble de Saturnino Herrán pasó a formar parte del patrimonio de la UNAM, una oportuna y muy acertada adquisición que ha cubierto con creces su inversión, pero, sobre todo, una excelente inversión para seguir favoreciendo el proyecto académico y profesional de la educación continua de nuestra Facultad.
-1988 y 1989
1988 fue otro año de intensa actividad, pero, sobre todo, de creación de nuevos programas y ajuste de los anteriores.
Al respecto, me parece importante mencionar que, desde sus inicios, la programación de cursos que realizábamos había llamado mucho la atención a otro tipo de audiencia, a un público no profesional. No era una situación que hubiéramos previsto, sin embargo, se hizo más evidente cuando iniciamos nuestras actividades en las instalaciones de Saturnino Herrán. Era un público interesado en las temáticas que programábamos, pero que no eran psicólogos ni profesionales de alguna otra disciplina afín (que era el público para el que se había diseñado originalmente el proyecto). Y pensamos que en parte se debió al nombre que utilizamos para este Programa (Programa de Cursos Abiertos). Fue por ello que decidimos modificar el nombre original por uno más descriptivo, que denominamos Programa de Actualización Profesional, y al mismo tiempo crear un programa dirigido al público en general. La idea de este último era que fuera más acorde con otra de las funciones sustantivas de la UNAM (referidas a la extensión de los conocimientos y de la cultura en general), lo que, en nuestra opinión, adicionalmente rescataba los ideales educativos y liberales de la Revolución Mexicana. Este fue denominado Programa Abierto de Educación Permanente, y se diseñó expresamente para abarcar a un público más general[19].
Ese año pudimos percatarnos de algunas necesidades profesionales adicionales, así como detectar algunas demandas muy específicas y apremiantes por parte de los asistentes. Una de estas demandas estaba relacionada con la necesidad de disponer de una formación profesional más especializada, otra relacionada con aquéllos egresados de la UNAM, ya vinculados profesionalmente al mundo laboral, pero que aún no se habían titulado[20]. Fueron estas demandas y necesidades las que nos impulsaron a abrir un nuevo proyecto, que tentativamente denominamos Programa de Cursos Especiales. Para el primer caso se diseñó el Programa de formación en psicoterapia con orientación psicoanalítica, con 630 horas de duración a impartirse en dos años (lo que eventualmente pensábamos denominar como Diplomados, una figura en ese momento inexistente en la UNAM), que coordinó la doctora Cristina Enciso. Y para el segundo caso se configuró un Programa de Apoyo a la Titulación, que logró titular, en un tiempo relativamente corto, a los cincuenta egresados de nuestra Facultad que se inscribieron en dicho programa. Sobra decir que ambos tuvieron una excelente acogida por parte de los profesionales[21].
Con todo, lo más gratificante de ese año fue nuestra primera experiencia en el extranjero: un curso impartido por la Dra. Ana María Novelo en la ciudad de Panamá. Fue una experiencia que le estaba abriendo las puertas a nuestra Facultad para su eventual incursión en el continente, misma que incluía la posibilidad de establecer fructíferas colaboraciones e intercambios a nivel internacional. Y así llegamos a 1989.
Es en mayo de 1989 cuando termina la administración de Juan José Sánchez Sosa, y con él mi función como coordinador al frente de este valioso y muy gratificante proyecto, mismo que fue retomada por la Mtra. Carmen Blanco Gil.
-Colaboraciones adicionales
Como un dato interesante a comentar (al margen de las funciones sustantivas que teníamos que realizar), fue el apoyo que pudimos brindar a la recientemente creada Comisión de Educación Continua de la UNAM, además de las actividades relacionadas con la fundación del Colegio Nacional de Psicólogos (CONAPSI). En el primer caso el apoyo estuvo relacionado con las tareas que estaban realizando los representantes de las diferentes Escuelas y Facultades en sus respectivos programas de educación continua. Y en el segundo caso, primero como sede del Comité Intersocietario, creado para definir los requisitos y delinear los mecanismos para convocar a la Asamblea Constitutiva del Colegio Nacional de Psicólogos (de abril a julio de 1987), y posteriormente como sede provisional del Primer Consejo Directivo del CONAPSI (del 31 de julio de 1987 al 17 de junio de 1988), actividades que concluyeron con la elección del segundo Consejo Directivo del CONAPSI (votaciones que se realizaron del 18 al 22 de abril de 1988 en las instalaciones de Saturnino Herrán[22]) y con la toma de posesión del mismo. Todo esto se pudo realizar gracias a la infraestructura de la que ya disponía el Centro de Educación Continua de nuestra Facultad, tanto en instalaciones como en personal (a quienes, por cierto, agradezco el apoyo que me brindaron en estas tareas, particularmente por la entrega y entusiasmo que siempre me mostraron).
-A manera de colofón
Evidentemente no todo fue miel con hojuelas, pero pienso que el excelente trabajo que realizamos como equipo pudo sortear con éxito las dificultades a las que nos enfrentamos, además de que le proporcionó al proyecto de educación continua una sólida infraestructura y una muy importante proyección profesional de la UNAM dentro y fuera de nuestro país.
Fueron años de mucho trabajo, compromiso y dedicación que compartí con personas muy valiosas, generosas y comprometidas, entre las que se encuentran Eva Esparza, Elisa Saad, Armando Hernández, Irma Pichardini, Monserrat Gamboa, Martha Romay e Hilda Velázquez, además de la secretaria Rocío Nolasco y los trabajadores administrativos Gabina Maldonado y Javier Durán. Va para ellos mi más profundo agradecimiento en el recorrido que realizamos por casi ocho años en el Centro de Educación Continua de la Facultad de Psicología de la UNAM.
-Notas
[1]Dado el talante democrático que lo acreditaba, incluso con cierto tono socialista, fue que algunos colegas llegaron a referirse a él como ‘Darvelio Mitterrand’, en alusión al presidente francés de ese momento.
[2]Ver apartado ‘Material publicado y referencias’ al final de este documento.
[3]Como lo fue el proyecto de ‘educación permanente’ que surge en 1910 como una importante y necesaria demanda social de la Revolución Mexicana, aunque en sus inicios estuvo centrada en la alfabetización de adultos.
[4]A este respecto, valdría la pena señalar que fue la Facultad de Psicología la que eventualmente asesoraría a otras dependencias para que lograran instaurar sus respectivos programas de educación continua.
[5]Se trató de un valioso trabajo de investigación que produjo tres tesis de licenciatura y varias publicaciones.
[6]En una encuesta aplicada a 82 asistentes encontramos que el 89% consideró que había adquirido nuevos conocimientos, el 92% que el curso le ayudó a integrar grupos de conocimientos en un esquema más general, el 76.8% que había podido aclarar conceptos de una teoría previamente conocida, el 82.9% que había adquirido nuevas estrategias metodológicas, el 97.5% que la temática les motivó a ahondar más en el tema, y que el 79.9% ya estaba aplicando estos nuevos conocimientos en su práctica profesional.
[7]A pesar del apoyo y excelente acogida por parte de la encargada de la Unidad de Seminarios, la Sra. Graciela Deneke Legorreta, con quien tenemos una gran deuda y un profundo agradecimiento.
[8]Además de mi completa dedicación a este proyecto, al mismo tiempo formaba parte del pequeño grupo de trabajo de Darvelio (también conocido como “Estafito”). Tanto era nuestra dedicación y tan tarde las llegadas a nuestras casas que a nuestras esposas alguien las empezó a llamar “las viudas de Darvelio”.
[9]Como consecuencia de esa reunión se formaron siete comités consultivos bajo los siguientes rubros: a) La conceptualización de la educación continua; b) Relaciones y diferencias entre educación continua y extensión universitaria; c) Métodos y procedimientos administrativos; d) Características docentes y métodos didácticos aplicables; e) La educación continua como fuente de recursos financieros para la UNAM; f) Proyectos específicos para la vinculación más efectiva de los profesionales universitarios con las necesidades del país.
[10]Ese mismo mes se incorpora con nosotros Hilda Velázquez Flores, una persona que le proporcionó al proyecto mecanismos administrativos oportunos y transparentes, mecanismos que nos ayudaron a sortear con eficacia algunos de los embates con los que sentíamos que ocasionalmente nos emboscaban.
[11]Incluida la rutina de hablar por teléfono con nuestros familiares para ver “si lo sintieron” y “si todo estaba bien”, sin llegar a percatarnos del tamaño de la tragedia. Aunque de camino a la Facultad vi mucha gente en la calle y que habían desalojado un edificio cercano.
[12]Fue una experiencia difícil, sobre todo en el campo de béisbol del Seguro Social, en donde la gente se formaba para pasar a ver si encontraban algún pariente desparecido o fallecido, y cuando no lo encontraban entre la hilera de cuerpos, salían del campo para volverse a formar.
[13]En este programa se llegaron a impartir 17 cursos breves de actualización y se abarcó una población de 399 profesionales, a lo cuales les correspondió brindar apoyo psicológico al personal y familiares de 36 instituciones y empresas, algunas de ellas en condiciones de franco desastre (como fue el caso de las oficinas centrales de Teléfonos de México).
[14]Al respecto, me parece legítimo reconocer la valiosa y muy generosa participación de muchos colegas de la Facultad para impartir estos cursos, así como el interés y preocupación de muchos profesionales que los tomaron para, posteriormente, brindar apoyo psicológico al personal de sus propios centros de trabajo.
[15]Recuerdo que ese día, temprano por la mañana, llegaron unos camiones de la UNAM cargados de varias macetas con plantas para darle realce a la inauguración (supuse que era por la austeridad con la que nos habían visto), mismas que colocaron estratégicamente en las escaleras de la entrada y en el pasillo principal. Creo que eran “palmas”. Después me enteré que eso lo hacían en todos los eventos del Rector. No recuerdo con quién hablé, pero lo convencí para que nos las dejaran.
[16]Los cuatro apartados incluidos en el documento son: (1) la definición y propósitos de la educación continua universitaria, (2) la ubicación institucional de la educación continua en la UNAM, y (3) los criterios generales para la normatividad institucional de la educación continua en la UNAM.
[17]Ver Propuestas sobre la educación continua de la UNAM. En: Comisión de Educación Continua (1988). Secretaría General, UNAM.
[18]Es el caso de José María García Sáez, de la Facultad de Química, de Gloria Abella Armengol, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de Jorge Barajas y Carmen Milla, de la Facultad de Contaduría y Administración, de José Moreno Pesero, de la Facultad de Ingeniería… y más.
[19]Desde su inicio este programa rebasó todas nuestras expectativas, como fue la conferencia sobre niños hiperquinéticos que impartió el Dr. Víctor Uriarte, programada para un cupo de 20 personas, pero que llegaron a asistir más de 100.
[20]En ese entonces la UNAM sólo disponía de tres opciones de titulación: tesis, tesina y examen general de conocimientos.
[21]En este programa también se llegaron a impartir, en coordinación con el Centro de Lenguas Extranjeras de la UNAM, cursos de idiomas para que los pasantes pudieran cubrir otro de los requisitos para su titulación.
[22]Para más información sobre el CONAPSI se puede consultar la siguiente página web: www.conapsi.org.mx.
-MATERIAL PUBLICADO Y REFERENCIAS
Abella, G. y Limón, G. (1988). Perspectivas de la educación continua en la UNAM. La educación continua. UNAM: México.
Comisión de Educación Continua (Documento colectivo). Propuestas sobre la educación continua en la UNAM. Secretaría General de la UNAM, 1988.
Esparza, E. y Saad, E. (1988). Reflexiones sobre áreas de formación que puede desarrollar la educación continua. La educación continua. UNAM: México.
Limón, G. (1989). La educación continua y el profesional: perspectivas para el Siglo XXI. Ponencia presentada en el XXII Congreso Interamericano de Psicología, Buenos Aires, 25-30 de junio.
Limón, G. y Saad, E. (1986). La educación continua y la actualización del profesional de la psicología. Apuntes para un trabajo preventivo. Revista del CNEIP. Ponencia presentada en la XII Reunión Nacional del CNEIP, Xalapa, Veracruz, abril de 1986.
Limón, G. y Saad, E. (1988a). Criterios de calidad en los programas de educación continua. La educación continua. UNAM: México.
Limón, G., Saad, E. y Sánchez, G. (1989). El papel de la educación continua en la formación y actualización del psicólogo. En J. Urbina (comp.), El psicólogo: formación, ejercicio profesional y prospectiva. Facultad de Psicología, UNAM: México.
La Educación Continua (Memorias). Secretaría General y Comisión de Educación Continua de la UNAM, 1988.
©Gilberto Limón Arce. Noviembre de 2013

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